El mundo espiritual de los antiguos celtas estaba profundamente conectado con la naturaleza. Entre todas las criaturas, la mariposa en la mitología celta ocupaba un lugar sagrado. Más allá de su belleza, estos insectos eran considerados poderosos mensajeros del cambio, la inmortalidad y la libertad del espíritu.
Para los celtas, la muerte no era un final, sino una transición. Existía la firma creencia de que, cuando un cuerpo estaba moribundo, ver una mariposa cerca era la señal inequivoca de que el alma estaba lista para emprender su viaje hacia el más allá.
Esta metamorfosis de oruga a mariposa personificaba de forma perfecta la transición del propio espíritu humano al desprenderse de su envoltura terrenal.
Dentro de su folclore, el color del insecto también tenía un significado específico.
Se creía que albergaban las alamas de los niños fallecidos o los espíritus de los ancestros que regresaban para proteger a sus familias. En algunas regiones de Irlanda, estuvo prohibido matar a una mariposa blanca por miedo a dañar el alma de un ser querido.
Actuaban como nexos de unión entre el mundo terrenal y las deidades, trayendo augurios de alegría y renovación.
En las leyendas celtas, las mariposas están estrechamente vinculadas con el Sidhe (el mundo de las hadas) y las criaturas feéricas. De hecho, muchas representaciones de las hadas celtas las muestran con alas de mariposa en lugar de alas de libélula.